martes, 28 de febrero de 2017

La era de los muros: la otra cara de la globalización neoliberal.



¿Cómo olvidar el enorme revuelo que causó la caída del Muro de Berlín? El fin de la guerra fría fue para muchos el anuncio de una época dorada, sin conflictos (fin de la historia), dominada por la democracia y los valores liberales. Sintetizada en la frase “There is no alternative” el capitalismo neoliberal se regodeaba en su aparente victoria, gracias a la caída de un muro que simbolizaba todo lo negativo de la posguerra y de un mundo dividido en dos grandes bloques que se sostenían mutuamente. Que simbolizaba la separación de dos naciones que en realidad eran una, pero sobre todo la ausencia de la libertad de tránsito para los seres humanos, que no de las mercancías claro, el aislamiento forzado impuesto por el mundo comunista atentando contra los derechos humanos.

Pues bien, a partir de 1989, los muros no han desaparecido sino todo lo contrario. En un reciente artículo, se afirma que en 1989 existían una decena de muros y que actualmente se cuentan alrededor de setenta alrededor del mundo. Y al igual que el de Berlín, los muros del siglo XXI se han construido para reforzar la seguridad interna y, obviamente, para detener los flujos migratorios. Ambos objetivos están íntimamente relacionados pues la dinámica neoliberal ha generado, en las últimas cuatro décadas, enormes disparidades económicas y guerras fratricidas a lo largo y ancho del globo, lo que ha desencadenado flujos migratorios no sólo de países pobres hacia los ricos sino también entre países pobres, como sería el caso de los habitantes de los países centroamericanos y caribeños, que han llegado a México por tierra y por mar a pesar de la existencia de un muro virtual compuesto de policías, paramilitares, narcotraficantes y el ejército mexicano, y que está en vías de reforzarse gracias a la cooperación del gobierno mexicano con el Pentágono; o el muro de arena fortificado de casi tres mil kilómetros entre Marruecos y el Sáhara  Occidental. 

Pero además existen muros entre países europeos. Es así como nos encontramos con muros entre Francia e Inglaterra, en el puerto de Calais, para impedir que los migrantes salten de Francia a Inglaterra, y que fue financiado por el gobierno británico. Otros ejemplos en Europa son el construido por Hungría en 2015 –con 175 Km. de longitud- para detener a los migrantes provenientes de Serbia y Croacia; o el construido en Bulgaria, de similares dimensiones que el anterior, para  detener el flujo proveniente de Turquía, alimentado principalmente por la guerra en Siria; o el que existe entre Austria y Eslovenia, o Macedonia y Grecia. 

El medio oriente también tiene lo suyo: está el construido por Israel en su frontera con Cisjordania que una vez concluido se extenderá a lo largo de 712 Km. y hasta nueve metros de alto. Y no es el único que ha construido, ya que también existen muros en sus fronteras con Jordania, Siria, Egipto y por supuesto, la franja de Gaza. Tal vez el ejemplo israelí demuestre mejor que otros, dada la naturaleza del conflicto con el mundo árabe, la vocación racista y militarista que caracteriza la construcción de muros, los cuales con argumentos relacionados con la seguridad interna, en realidad evidencian una vocación marcadamente discriminatoria y opuesta a los principios liberales que presumen y promueven alrededor del mundo.

El plan de Trump para construir un muro a lo largo de la frontera con México, de alrededor de tres mil kilómetros, tiene sus equivalente en la frontera entre la India y Bangladesh , el cual mide 2,700 Km. y su construcción  se justificó con los mismos argumentos con los que la amenaza naranja pretende levantar el suyo: inmigración y contrabando. Resulta por demás curioso, o mejor dicho hipócrita, que países que poseen muros se muestren ‘solidarios’ con México, criticando la intención del gobierno yanqui. Porque la dinámica neoliberal ha mantenido las condiciones básicas que provocan los flujos migratorios, pues el modelo está beneficiándose ampliamente de la mano de obra barata migrante que explotan pero al mismo tiempo le ofrecen a sus gobernados la tranquilidad ficticia que ofrece una barrera física o virtual para mantener la pureza de la nación. 

El propio gobierno mexicano mantiene un doble discurso al respecto. Al mismo tiempo que se rasga las vestiduras e implementa sobre las rodillas acciones de emergencia para ‘atender’ a los migrantes deportados -con empleo que no puede garantizar a la mayoría de la población que permanece en el país- o espacios en las universidades mexicanas para los eventuales ‘dreamers’ deportados -cuando no pueden darle acceso a la gran mayoría de egresados del nivel medio superior que quieren estudiar una carrera universitaria- conversa oficialmente con representantes de los EE. UU. para definir una estrategia conjunta que cierre el paso a los inmigrantes provenientes de Centroamérica y el Caribe que quieren llegar al norte pasando por México.

Al final, lo que queda claro es que el modelo neoliberal globalizador, fortalecido con la caída del muro de Berlín, reniega sin tapujos de la posibilidad de un mundo sin fronteras como inicialmente promovió. La existencia creciente de los muros confirma su vocación racista y discriminatoria, negando en la realidad lo que prometió en el papel. Sin embargo, es también la era de los muros la que confirma su impotencia para detener a millones de personas que buscan una vida digna, renunciando a la marginación y la pobreza. Es por ello que coincidimos con aquellos analistas que no se dejan engañar por la idea de que el gobierno de  Trump prefigura el fin de la globalización neoliberal, reconociendo más bien en su retórica e intenciones su recrudecimiento. La era de los muros lo confirma.

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